Su padre, Galric, era herrero. Un hombre de manos fuertes, espalda ancha y mirada paciente. Había forjado armas antes de conocer a Ilyana, pero tras enamorarse de ella, colgó su martillo de guerra y prometió que no volvería a crear instrumentos de destrucción. Desde entonces, solo fabricaba utensilios para la labranza, clavos, bisagras, herraduras y herramientas que ayudaban a construir en lugar de destruir. El último martillo de guerra que forjó lo colgó en la fragua, con el mango tallado en forma de llamas y rosas. Nunca lo usó. Decía que era su despedida a las armas.
Emma creció entre esos dos mundos: el hierro y los pétalos, el calor de la fragua y la ternura de los aceites. Desde muy pequeña acompañaba a su madre a realizar tareas de ayuda en la comunidad. Ilyana no predicaba desde púlpitos, sino desde los gestos sencillos: peinar a ancianas solitarias, limpiar con delicadeza las manos de una madre agotada, guiar a una joven hasta su primer baile, o llevar flores a la puerta de alguien que sufría. Emma absorbió esa forma de fe como parte de su naturaleza. Aprendió que cada sonrisa ofrecida era una oración, y que cada lágrima consolada era un acto de belleza.
Cuando Emma tenía once años, su padre murió en un accidente en la fragua. La noticia llegó como el golpe de un yunque caído sobre piedra, pero en casa no hubo llanto desbordado. Ilyana no cayó en desesperación, ni dejó que la oscuridad se instalara en su corazón. Ella le enseñó a Emma que el amor verdadero no muere con el cuerpo, que permanece como calor en la memoria y perfume en el aire. “El amor no se extingue con la muerte”, le decía, mientras encendían juntas una vela frente al espejo. “Cuando recuerdas con ternura, cuando haces algo bello por los demás, él sigue aquí.”
Emma nunca olvidó esas palabras. Y con el tiempo, su deseo de llevar ese mensaje más allá de su hogar empezó a crecer como una llama suave pero persistente. A los diecisiete años sintió que debía partir. No porque quisiera alejarse, sino porque necesitaba extender esa luz a otros. Su madre lo comprendió sin preguntas. El día antes de marcharse, Emma bajó sola a la fragua. Sus ojos se detuvieron en el viejo martillo, colgado donde siempre. Lo tomó entre sus manos. Era pesado, pero no por el metal, sino por el recuerdo. Fue entonces a ver a su madre, y se lo mostró en silencio.
Ilyana lo miró durante un largo instante.
—¿Lo llevarás para destruir o luchar?
—Lo llevaré para proteger. Para defender la belleza, la bondad… y a quienes no tienen voz.
—Tu padre lo forjó como despedida a la guerra.
—Y yo lo alzaré solo cuando lo exija el amor.
Ilyana asintió, y posó sus manos sobre las de Emma.
—Entonces, llévalo. Pero prométeme algo: jamás lo uses por odio. Que cada golpe que des sea por amor a la vida. No por odio.
Emma prometió. Esa noche encendieron juntas todas las velas de la capilla. Y al amanecer, con el espejo en su zurrón, el símbolo de Sune sobre el pecho, y el martillo en la espalda, partió.
Días después, durante su viaje por las tierras del norte, la nieve la obligó a buscar refugio en una torre abandonada en medio del bosque. Allí encontró a una joven encapuchada, herida y temblando. No preguntó quién era ni de dónde venía. Simplemente la arropó, compartió con ella su escasa comida, cuidaba sus heridas y le ofreció calor, sin palabras. Durante los días que compartieron en la torre, Emma le habló de flores, de bodas, de su madre y su hogar. La joven apenas hablaba, pero escuchaba con los ojos.
Finalmente, le preguntó por qué lo hacía.
—Porque tu alma me lo pidió sin hablar —le dijo Emma—. Porque si tú no puedes ver tu belleza… yo estoy aquí para recordártela.
Esa noche, cuando la joven dormía, Emma se arrodilló frente al fuego. Sostuvo el espejo entre sus manos, y sin palabras exactas, ofreció una plegaria en forma de pensamiento: “¿Estoy caminando bien, Señora? ¿Es esto lo que deseas de mí?” Entonces, sintió una brisa cálida en medio del frío. El espejo se empañó sin razón, y por un instante, vio reflejado un rostro que no era el suyo: una mujer de fuego y ternura que le sonreía con una dulzura infinita.
Al día siguiente, al ir a tratar la herida de la joven como hacia cada mañana, cuando iba a poner las vendas nuevas sobre la pierna herida de la joven, sintió algo nuevo en sus dedos y susurró una plegaria que jamás había aprendido… pero de pronto conocía. Una energía vibrante, suave, como una canción que no se canta, pero se siente. Y bajo sus manos, la herida comenzó a cerrarse, envuelta en una luz rosada, tenue, hermosa. La joven la miró con asombro. Emma solo sonrió.
—Sune nos vio. Y donde hay amor… ella siempre responde.
Cuando la joven se fue, más tranquila, Emma retomó su camino. Y días después, cruzó las puertas del pueblo nevado de Nevesmortas, con su martillo al hombro y una luz nueva en el corazón. Ya no era solo una joven amable con enseñanzas en el alma. Ahora era una clériga de Sune. Y el mundo la necesitaba.
Emma nunca ha dejado de sonreír. A veces basta eso para cambiar un día entero en la vida de alguien.
