Soy Erick, y esta es mi historia.
Nací en las evocadoras calles de Argluna, en la Marca Argentea. Mi hogar estaba en el Distrito del Cazador, un rincón de piedra blanca y corazones incansables. Allí di mis primeros pasos, rodeado del bullicio de los comerciantes, del olor a pan fresco y del eco metálico de martillos sobre yunque. Tenía apenas seis años cuando empecé a escaparme por callejones estrechos, atraído por el aroma de la aventura y la promesa de lo desconocido.
Mi infancia fue el tiempo de lo sencillo y lo inmenso. De correr con los pies descalzos por las calles adoquinadas, de jugar a las escondidas entre las columnas de la Plaza de Cuatro Esquinas o espiar el trabajo de los curtidores como si fuesen alquimistas secretos. A los siete, con los bolsillos llenos de canicas y la cabeza de sueños, conocí a mis primeros compañeros de travesuras: Miriel, la niña medioelfa con alma de tormenta, y Harvin, un mediano aprendiz de joyero, que decía que algún día forjaría un anillo para casarse con Miriel. Ellos me enseñaron su idioma natal. Entre nosotros, todo eran promesas y sueños.
Mi madre tejía mantos para los cazadores del norte; mi padre, un leñador de risa fácil y manos encallecidas, me enseñó a no temerle al esfuerzo. Pero yo, si podía, escapaba de mis tareas para perderme por el laberinto de calles, en busca de historias y secretos. Creo que desde entonces ya presentía que Argluna era más que un lugar: era un umbral.
Poco después, encontré un refugio en las palabras de los bardos. Uno en particular, Khellios el Animador, marcó mi destino. Tenía una voz que parecía contener siglos, y cuando recitaba las viejas leyendas de los *Filo del Ocaso*, algo dentro de mí se encendía. A los diez años ya soñaba con salvar reinos, con enfrentar sombras ancestrales y con escribir mi propio nombre en los cantares del norte.
Fue ese mismo año que conocí a Elandrin.
Era un elfo de mirada tranquila pero insondable, uno de los pocos que caminaban en la inquietud del bosque con la misma naturalidad con la que otros cruzaban un mercado. Lo conocí de casualidad —¿o destino?— fui a los jardines del Salón del Ent. Me descubrió leyendo en voz alta un pasaje del "Libro de cuentos elficos", y en vez de reprenderme, me escuchó. Desde ese día, bajo su tutela, empecé a estudiar los principios de la senda mística que unifica cuerpo y mente: los Filo del Ocaso. Con el también adopté la fe a Corellion, el maestro de los primeros Filo del Ocaso.
Desde los once hasta los quince, mis días se dividieron entre clases con Elandrin, tareas en casa y visitas furtivas a mis rincones favoritos: la taberna subterránea Rocasilo, donde escuchaba historias olvidadas entre risas y humo; la tienda musical de los Wynderfayne, donde cada instrumento tenía un nombre propio; y el Scriptorium de Luscor, un viejo que perseguía la tinta perfecta con la obsesión de un alquimista buscando la vida eterna.
El entrenamiento no fue fácil. Aprendí a luchar con bastón y espada corta, a meditar durante horas, a caligrafiar runas y canalizar energías que no siempre comprendía. Más de una vez terminé con moretones o dormido sobre un pergamino, solo para despertar con un bastonazo y una risa contenida de mi maestro.
A los dieciséis, ya era algo más que un aprendiz. Empecé a entender las enseñanzas de mi maestro, los símbolos, el lenguaje arcano, como imbuir el arma con hechizos...mi maestro me preparo a conciencia en el noble arte de la esgrima. Más tarde entendí que mi entrenamiento terminaría y me encontraría solo ante las adversidades del camino....Y entonces llegó el día, cumplí dieciocho años.
Elandrin me esperaba en el claro donde muchas veces habíamos meditado al amanecer. Tenía en sus manos una espada vieja, que aún conservaba su filo, y una armadura de cuero que olía a bosque antiguo. Me la entregó sin ceremonia ni despedida, solo con estas palabras:
“Los pájaros aprenden a volar solo cuando dejan el nido.”
Esa noche caminé por última vez junto al Rauvin, viendo bailar la luna sobre el agua como tantas veces hice de niño. El Puente de la Luna parecía más real que nunca, y juro que por un momento vi las siluetas de mis viejos amigos despidiéndose en la neblina. A la mañana siguiente me uní a una caravana con rumbo a Sundabar. El viaje fue largo y por momentos peligroso, pero conseguimos llegar.
Allí estuve un par de días, viendo la ciudad y hablando con la gente. Unos aventureros me dijeron que el mejor lugar para comenzar era Nevesmortas, les hice caso y cogí la primera caravana que salió hacia Neves.
Nevesmortas era distinta a mi hogar. Sus noches rezumaban niebla y misterio, y en sus plazas vibraba la promesa de aventura. Allí, como si el destino tomara cartas en el asunto, conocí a Emma, sacerdotisa de Sune cuya sonrisa traía luz hasta en los días más grises. Junto a ella estaban Nodin, cazador sagaz de mirada aguda y pasos seguros, y Mico, con una cicatriz que lo dejo más feo que un orco, hábil espadachín devoto de la diosa del amor. Éramos cuatro entonces, unidos por la necesidad y las ganas de desafiar al mundo.
Nuestros primeros días juntos estuvieron marcados por los senderos indómitos de los alrededores: exploramos bosques donde cada susurro podía ser un animal salvaje o algo peor, libramos combates contra trasgos y osgos que nos obligaron a confiar en nuestras habilidades y en el uno al otro. Aprendí rápido que la amistad en la aventura podía salvarte más veces que una espada bien afilada.
Una mañana, mientras la bruma se levantaba perezosa sobre Nevesmortas, al sur del bosque de Nevesmortas conocimos a Pather, un hombre curtido rodeado de bueyes. Tiene un negocio para transportar mercancías en bueyes y nos contrató para escoltar un cargamento hacia Sundabar: era mi primer viaje largo a pie fuera de la sombra de mi ciudad natal. El trayecto no fue sencillo. Nodin nos guiaba por sendas seguras, esquivando peligros y zonas marcadas en los mapas con advertencias en tinta roja. Perdimos algún buey ante las amenazas del camino, pero vencimos a la mayoría y llegamos a Sundabar con el corazón hinchado de orgullo y las bolsas repletas de monedas brillantes.
Aquella primera paga nos animó a convertir la escolta de bueyes en nuestro oficio. Pulimos errores, aprendimos a leer las señales del clima y a anticipar emboscadas. Pronto nos volvimos expertos, y los rebaños llegaron casi siempre intactos a su destino.
Ese tiempo fue una escuela de vida: cada jornada reforzaba los lazos, cada batalla nos enseñaba una lección y cada paso me alejaba, poco a poco, del niño que fui en Argluna y me acercaba al aventurero que empezaba a ser. Y así, la senda de los Filo del Ocaso seguía viva en mi interior, incluso lejos de la tutela de Elandrin.
Pero esa, como aprendí enseguida, era solo una de nuestras muchas historias. Queda por contar la noche en que una pixi traviesa nos gastó una broma inolvidable, pero ese es un cuento para otra ocasión.
Erick Willendt
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