Dejó el pergamino sobre la mesa, sobre el resto.
Reposó la pluma en el tintero y alcanzó la aguja y el hilo.
Comenzó su labor uniendo los pergaminos.
Cosiéndolos a las tapas que encuadernarían el último de los volúmenes.
Se levantó de la silla y se dirigió a la salida de la biblioteca.
Avanzó a lo largo del pasillo, hundiéndose en las profundidades de la tierra.
Cruzó las manos a la espalda y se detuvo firme ante el trono ocupado.
Quién lo ocupaba se mesó la perilla.
- ¿Has terminado mi encargo?
- Todo está ya manuscrito.
Se reclinó hacía delante en el trono.
- Entonces ¿deseas comenzar?
- En cuanto me sea permitido, Mi señor.
la figura se recostó nuevamente y las uñas repiquetearon.
Tras el trono un hombre tuerto surgió de las sombras y se acercó al oído.
Quien ostentaba el trono asintió quedamente y volvió la atención a su escriba.
- EnThur aún no ha terminado. Pero tienes mi beneplácito para aguardarle en tu ciudad... si todo lo que aquí debías hacer está terminado.
- Si, Mi Señor. Partiré al momento, aguardaré a EnThur y su fin... de su experimento.
Los dedos rozaron el tridente que reposaba al lado del trono.
- Capitán, necesito que le lleves un mensaje a ella. Debe estar informada.
Con un leve asentimiento, el hombre tuerto hundió la rodilla en la losa del suelo y escuchó.
Y de los cielos surgiran rayos que iluminaran hasta la más oscura sombra... y los truenos acallaran los gritos de panico y dolor.
¡Ay, qué días más raros han sido estos! Perdón si no recuerdo bien todos los nombres, ya sabéis que mi memoria para eso es más floja que un lazo deshecho... pero vuestras caras, esas no se me olvidan nunca.
Desde hace unas dekhanas por la región de Nevesmortas, por el camino de la bifurcación y más al este, los días empezaron a ponerse tan calurosos que hasta las piedras parecían querer sudar. Y encima soplaban unos vientos extraños que venían del Este. Yo iba con los bueyes, cargando unas cosas, junto a Nodin, Mico, Erick y Lumina, quizás alguien más... Pues oye, tan tranquilos íbamos hasta que ¡zas! nos atacaron unas ratas horribles, extrañas, como si estuvieran... momificadas. ¡Y qué mordiscos! No solo dolían en la piel, sino en el alma misma, como si quisieran arrancarte la esperanza de dentro.
Con esfuerzo las vencimos, pero aquello me dejó pensando. Hablé con Maelis —a quien tengo un cariño enorme, es un sol— me contó que quizás todo esto venía de un tal Faraón. Me habló de historias antiguas, de cosas parecidas que ya habían pasado. Ella me recomendó hablar con Eolas, y hasta me presentó a su amigo… ay, ¿cómo era? Un señor misterioso que empieza por Z… ¿Zarek? ¿Zurel? No lo sé, lo siento, soy un desastre para eso, ¡pero recuerdo que tenía unos ojos muy serios!
Los días seguían pasando, y el calor no paraba, y yo sufría al ver a mi pobre amiga Anfissa. Ella es toda grande y fuerte, pero es de hielo (o eso pienso yo), y este calor la estaba derritiendo. ¡Y eso a mí me rompe el corazón! No puedo ver sufrir a mis amigos. Así que me pasaba las noches dándole vueltas a qué podía estar ocurriendo, como si el calor me quemara la cabeza por dentro también.
Y entonces, no mucho después, unos osos horribles, también cambiados y monstruosos, atacaron cerca de Nevesmortas. Allí acudieron muchos héroes. Recuerdo a Seda, a Korissa… ¿o era Karissa? ¡Ay, la hermana de Anfissa, muy maja ella! Me protegió un montón, y eso se lo agradezco con toda mi alma. También estaba Maelis, ¡fue la primera vez que la vi en una aventura! aunque la verdad que no la vi mucho... se que estaba cerca, eso seguro.
El caso es que llegamos a un bosque… empieza por G o por D, siempre lo confundo. Allí había una zona espantosa, como pantanosa, era una zona de magia muerta. Y qué sensación más horrible daba, como si todo lo bello hubiera huido de allí. Apenas estuvimos un rato, porque Maelis nos aconsejó salir cuanto antes, y menos mal: las nubes negras que se formaban sobre nosotros parecían anunciar la peor tormenta del mundo.
Y así fue. Días después esas nubes se hicieron más intensas, y empezó a llover, tronar y hasta granizar. Hubo incendios por los rayos, y la gente estaba preocupada. Entonces Mico, Erick, Nodin, Seda, Esna y un chico muy fuerte… ¿Kho? ¿Khorlan? ¿Khoran? Algo así, que empieza por K, pues ellos fueron a investigar.
Regresamos al mismo bosque —el de la D o la G, ya me entendéis— y allí, entre la zona de magia muerta, vimos restos mágicos, como pisadas, Nodin vio que llegaban hasta un punto raro, como un portal quizás. Yo pude notar que lo extraño era que esa magia no entraba en la cripta, sino que salía de ella. Seda intentó cerrar o hacer algo con el portal raro, y ¡ay madre!, explotó en toda la cara y quedamos heridos. Pero se recuperaron, valientes como son, y entramos en la cripta, yo iba aun recuperándome, pero no queria quedarme sola, como es normal.
Allí dentro nos esperaban unas arañas demoníacas horrorosas, feas como la mentira, y luchamos contra ellas, ¡incluso te derretían las ropas!. Pero de la magia no había ni rastro oye. La zona seguía siendo de magia muerta, y cualquier huella desaparecía en cuanto aparecía. Al final, sin más respuestas, salimos de allí y volvimos con más dudas que certezas.
Y aquí estoy, escribiendo esto con mi mala memoria para nombres, pero con el corazón lleno de gratitud por todos los que lucharon a mi lado. Puede que no recuerde cómo os llamáis siempre, pero os llevo dentro, y eso es lo que importa. Porque como dice Sune:
“El amor y la amistad son los verdaderos nombres que nunca se olvidan.”